Evitación Experiencial: Una Perspectiva Terapéutica sobre el Sufrimiento Humano
La psicoterapia, en su esencia, busca abordar aquellos conflictos internos que generan un sufrimiento excesivo e innecesario, los cuales no siempre residen en el entorno, sino en la manera en que gestionamos nuestras emociones y establecemos nuestras prioridades. En muchas ocasiones, la propia persona se convierte en su mayor adversario, a través de dinámicas de autosabotaje que erosionan la salud mental y física, o comportamientos adquiridos que conducen al aislamiento social y a conflictos interpersonales. Nos adentraremos en una conversación con la psicóloga Marta Lardín, experta en una de estas formas de autosabotaje: la evitación experiencial.
Marta Lardín Sobrino, psicóloga con orientación cognitivo-conductual y una visión transdiagnóstica, emplea un enfoque basado en las terapias contextuales, destacando la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). En esta entrevista, profundizamos en cómo la evitación, una reacción natural ante situaciones dolorosas, puede transformarse en un obstáculo significativo cuando se propaga a diversas facetas de la vida.
La evitación experiencial se define como la inclinación a rehuir o reprimir emociones, pensamientos y sensaciones internas percibidas como desagradables. Es un mecanismo inherentemente humano, ya que nuestro cerebro está programado para protegernos del dolor, tanto físico como emocional. Sin embargo, en la sociedad contemporánea, parece existir una presión constante para sentirnos bien y eludir cualquier forma de sufrimiento. Esta tendencia, aunque comprensible, puede volverse contraproducente. Si no estamos dispuestos a tolerar cierto grado de tensión o malestar interno, corremos el riesgo de alejarnos de aquello que realmente valoramos. Por ejemplo, alguien que elude discutir un conflicto por temor a la vulnerabilidad podría terminar distanciándose de sus seres queridos.
La evitación experiencial no es patológica por sí misma. Se convierte en un problema cuando restringe la capacidad de la persona para alcanzar sus metas, al centrarse exclusivamente en la reducción o el control del malestar. En el contexto de la ansiedad, se manifiesta al evitar lugares o situaciones que provocan miedo. En la depresión, se observa en la evasión de actividades o decisiones que implican esfuerzo o riesgo emocional. En los trastornos alimentarios, puede evidenciarse en el intento de controlar el cuerpo para eludir inseguridades más profundas. Aunque cada síntoma parece distinto, todos comparten el patrón común de intentar escapar de una experiencia interna dolorosa.
La procrastinación es un ejemplo claro de evitación experiencial, donde se pospone lo incómodo. No se debe a la incapacidad de realizar una tarea, sino al deseo de evitar la ansiedad, la duda o el esfuerzo que esta genera. A corto plazo, la procrastinación ofrece un alivio momentáneo, ya que el cerebro busca soluciones rápidas. No obstante, con el tiempo, la culpa y la autoexigencia aumentan, perpetuando el ciclo de malestar.
Desde una perspectiva terapéutica, es crucial abordar esta conducta de manera transdiagnóstica y no meramente sintomática. La evitación experiencial es una estrategia de afrontamiento común a diversos problemas personales, y se vuelve problemática cuando se aplica de forma generalizada, resultando en una vida limitada. El modelo transdiagnóstico se enfoca en los mecanismos psicológicos compartidos por distintos trastornos, como la rumiación, la autocrítica, el déficit de regulación emocional, los patrones de pensamiento crítico y la evitación experiencial, entre otros. Esta mirada ayuda a la persona a comprender sus emociones y su interacción con ellas a través del pensamiento y la conducta, impactando positivamente en diversas áreas de su vida y no solo en el motivo inicial de consulta, lo que lo convierte en un tratamiento altamente eficaz.
La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) ofrece una vía para abordar las experiencias evitadas. Su objetivo no es eliminar el malestar, sino modificar la relación que la persona tiene con él. Aunque pueda sonar contradictorio, la premisa de ACT es que se sufre menos cuando se deja de luchar contra las propias emociones. La aceptación, en este contexto, no implica resignación o pasividad, sino una ruptura con el ciclo de evitación. Al reducir la lucha interna, se desactiva el miedo al malestar, liberando a la persona. La aceptación en ACT siempre va acompañada de los valores personales (quién quiero ser en esta situación) y la acción comprometida (qué acción pequeña y realista puedo llevar a cabo). Por ejemplo, aceptar el miedo, valorar la autonomía y enviar un mensaje a pesar del temblor en las manos. Sin valores, la aceptación puede percibirse como resignación; sin aceptación, la acción queda paralizada por el malestar. La combinación de ambos elementos es clave para romper el ciclo.
Para aquellos que experimentan frustración por la procrastinación pero no identifican claramente la evitación emocional, el mensaje es que no se trata de falta de voluntad o pereza. La procrastinación a menudo surge de la evasión de emociones incómodas (duda, miedo al fracaso, autoexigencia, aburrimiento) que, aunque sutiles, tienen un gran peso. En lugar de buscar una emoción específica, es más útil preguntarse qué se vuelve incómodo al iniciar una tarea y dar un pequeño paso a pesar de esa incomodidad. La claridad suele llegar después de empezar, no antes. La procrastinación no es un reflejo negativo de la persona, sino un indicio de que algo difícil intenta protegerse.
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